Y aquí estoy una vez más, acompañada del tic tac de un reloj que marca los últimos segundos agonizantes de un día como los demás. Queda poco afán por vivir, poco entusiasmo, pocas ganas de reír, pero se hace, como se hace todo, por inercia; aplazando sueños, para que sean eso, sueños, y no proyectos fracasados que algún día deseamos. ¿Sabes a lo que me refiero? ¿Sí? Lo siento.
Maldita la noche en la que quise quererte, maldita la hora en la que decidiste marcharte. Y ahora camina ella sola, por calles que detesta casi tanto como a la gente que las frecuenta, despreocupadas caras felices entre otras que no lo son tanto, perdices con cicatrices que fueron la cena de los cuentos de hadas, nadie mira por ellas, nadie les cogió la cara y les dijo "tranquila, que no te van a hacer nada", ni una mentira piedosa para esas pequeñitas, cada uno mira lo suyo y lo suyo no es de nadie; maldita sea la rosa con la que te pinchaste, ahora ella tiene tu sangre, sangre que no comparte.
Maldita sea la hora en la que decidiste engañarme, malditos los días tristes que a mi me gustan tanto.
Que se calle esa risa para que pueda pensar, que se enciendan las luces, que se juegue en un bar.
Por aquí ya me despido, no digo nada con sentido, a lo mejor es por eso que no me han consentido, quizás te vea mañana, pero ojalá que no, me meteré bajo el agua y ahí si lloro solo lo sé yo.
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